jueves, 9 de agosto de 2007

Música, maestro!

Buenas a todos! Para estrenar las entradas de este blog, a continuación adjunto el Diario de Campaña que escribí el 21 de julio durante la Campaña Ártica ATOS, que me ha tenido todo julio por el Polo Norte. Espero que guste al personal...

21/07/07

Si tuviera que contar lo que hemos hecho hoy, la cosa acabaría pronto: nos hemos despertado, hemos desayunado, trabajado, comido, faenado, cenado y currado, y nos hemos retirado a nuestros aposentos (y no necesariamente en este orden). Fin del diario y a otra cosa, mariposa. Pero como sobra sitio y la vida en un laboratorio a bordo de un buque oceanográfico da mucho juego, contaré algo más...

Pero antes, me presentaré. Me llamo Pedro Echeveste, natural de Hondarribia, y soy parte integrante y contratante (es un decir) del contingente “mallorquín” del Imedea. En realidad, lo de “mallorquín” también es por decir algo, porque de once que somos, sólo una es mallorquina y es medio “guiri”, en un claro ejemplo más de la globalización que nos rodea…


A continuación lo suyo sería contar en qué dedico mi tiempo a bordo, con permiso de la sagrada sesión de gimnasio diaria, naturalmente, y contaría que me dedico a estudiar cómo afecta la contaminación al fitoplancton marino y de cómo cargándonos a éstos (la base de la cadena alimentaria de los océanos) a base de metales pesados e hidrocarburos, se caería abajo el andamiaje que sostiene la vida en los océanos…


Pero para no repetirme con términos ya explicados anteriormente con gran rigor y precisión por mis compañeros (nótese la ligera “coba” del comentario), pasaré a comentar dos de los varios elementos que todo laboratorio a bordo de un buque oceanográfico debe tener: música y ácido (no confundir con AC/DC o el “acid house”, como mi compañera de fatigas y habilitada Montse se apresuró a recordarme, acertadamente). Pero vayamos por partes, que si no el personal se nos pierde...

Así es, la música es un elemento indispensable en todo laboratorio a bordo de un buque oceanográfico que se precie, mucho más que probetas y otros enseres volumétricos (siempre se podría aprovechar una botella de agua vacía y medir a “ojímetro”, la más antigua de las técnicas experimentales) y mucho más que chigres, CTDs o Longhursts (que no hay modo de bajar semejantes trastos al agua? No pasa nada, ya llamaríamos al Txetxu, un vasco de 2x2 que desayuna lentejas todas las mañanas, y asunto solucionado). Porque ya me gustaría conocer al sujeto que aguantase jornadas de diez, doce y hasta catorce horas de trabajo con el constante y martilleante “ronroneo” de los motores del barco y no quisiese arrojarse por la borda (o tirar a alguno por la misma).


Y no vaya usted a pensar que aquí sólo suena la banda sonora de Ben-Hur o el “In the navy” de los Village People. Para nada. Aquí uno puede encontrarse desde sesiones de Beethoven hasta los grandes éxitos del verano de Ibiza, pasando por gráciles y armoniosas corales de Los Gandules, grupo fetiche de algún “cachorro” gallego… siempre y cuando, claro, uno no se haya dejado los altavoces del ordenador en casa (objetos de deseo hasta en las más altas esferas). Y sino, siempre queda canturrear para nuestros adentros (como más de uno hará, a juzgar por sus caras de concentración)…

Y el segundo de los elementos indispensables en todo laboratorio a bordo de un buque oceanográfico es el ácido, bendito ácido que todo lo limpias. Porque quien se pensaba que aquí todo es de usar y tirar, se equivoca, aquí también andamos apuntados a la moda verde esa del reciclaje. Y para ello, nada mejor que un buen chorrito de ácido clorhídrico diluido en una garrafa o cubo de agua para depurar todo tipo de materia (léase, contaminantes, bacterias, materia orgánica, etc.) que pudieran boicotear nuestros experimentos venideros, todos ellos de alta enjundia y que requieren de una pulcritud máxima que sólo el buen ácido puede aportar. Como diría aquel sargento chusquero de la película “La chaqueta metálica” (S. Kubrik), “no hay nada como el olor a ácido por la mañana”. Así que señora, ya sabe, que no hay forma de eliminar esos metales pesados de la camiseta del niño? Ácido. Que la vajilla la tiene repleta de microheterótrofos? Ácido. Que el niño no quiere acabarse el plato? De todo, menos ácido (que tampoco es la panacea oiga!).


Y para redondear la faena, no quisiera desperdiciar la oportunidad que este diario me ha brindado sin compartir con todos los cientos de miles de lectores que nos (per)siguen diariamente (y es que al final, entre todos, sumamos muchos familiares) una de las miles de cosas que he aprendido en estos veintitantos días a bordo de este buque oceanográfico: si vas a darte un paseo por el Polo Norte, recuerda que andan sueltos ositos de sospechosas intenciones, así que es recomendable: 1- intentar llevar a tu lado alguien que corra menos que tu; y 2- no correr en dirección al osito de sospechosas intenciones.

A cuidarse pues. Agur!


Más información sobre el proyecto ATOS en

www.atos-polar.es


Nota aclaratoria: no es cierto que Txetxu desayune todas las mañanas lentejas… en realidad, a veces las sustituye por fabada o garbanzos.